¿Es verdad que África despega?

¿Es verdad que África despega?

Por: EL PAÍS | 09 de septiembre de 2013

2013 16:22

El despegue de África: ¿mito o realidad?

 Así titula Henri-Bernard Solignac-Lecomte -jefe de la Unidad de África, Europa y Oriente Próximo en el Centro de Desarrollo de la OCDE (Organizacion para la Cooperación y el Desarrollo Económicos)- su texto introductorio al último informe de la organización presentado hace nada, primero en París y luego en Madrid. Por su interés, lo reproducimos aquí con permiso de la organización. Pone en contexto y sirve, creemos, para aclarar muchas de las informaciones, mitos o fantasías que se publican y cuentan sobre África y el boom africano en los últimos tiempos.

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“La riqueza cambiante derivada de la globalización ha llegado a África. Un crecimiento sostenido, demografía favorable, fin de conflictos armados y la demanda de materias primas son las condiciones para un despegue que aún no ha llegado a la mayoría de los africanos.

2013 16:48

En 1962, el agrónomo René Dumont publicó El África negra ha empezado mal. La dureza de su diagnóstico chocaba con el optimismo reinante en la época: los países de África, con sus independencias recién estrenadas y ricos en unos recursos naturales de los que Occidente dependía para alimentar su crecimiento, encarnaban, mucho más que Asia, la nueva frontera económica mundial. Pero Dumont señalaba los peligros de unas políticas educativas y agrícolas inadecuadas, de la corrupción, del nepotismo o del acopio de tierras. Incluso denunciaba un “colonialismo de clase” por el que las élites urbanas, como antes los colonos, usurpaban el fruto del trabajo de las masas campesinas, impidiendo así la puesta en marcha de una verdadera dinámica de desarrollo. Las décadas siguientes demostrarían que, aunque

 

Dumont no pudo prever a la perfección los efectos de los cambios demográficos o de la globalización financiera en las economías africanas, la mayoría de sus análisis resultaron casi proféticos. A finales de la década de los setenta, cuando los países africanos salieron exangües de la guerra fría y de los ajustes estructurales y se enfrentaban a la pandemia del sida y a las consecuencias de unas guerras civiles y transfronterizas terribles, Patrick Chabal y Jean-Pascal Daloz (1999) confirmaban el diagnóstico en África camina (traducción del título original en inglés, Africa Works): es cierto que África se transforma y moderniza a una escala, con una rapidez y según modalidades políticas, sociales y culturales que a menudo se nos escapan, pero en la mayoría de los casos dicha transformación no refleja un desarrollo. La economía continúa al servicio de las estrategias para el acopio de rentas por parte de las élites políticas; la productividad se estanca a muy bajos niveles; la acumulación del capital se limita a los enclaves de las industrias del petróleo y el gas; la oferta de servicios públicos es muy pobre, la esperanza de vida y la calidad de vida de los africanos no mejoran, y las desigualdades son cada vez más marcadas.

Aún hoy está por escribir la actualización de estas dos obras pero, a juzgar por los titulares recientes de los medios de comunicación, vivimos un momento de afro-optimismo: África es la región del mundo con mayor crecimiento, un El Dorado de inversores, un mercado de 1.000 millones de consumidores con una clase media en expansión. El arranque de esta aceleración tiene una fecha: 2010, cuando la consultora McKinsey publica “La hora de los leones: África en los albores de un crecimiento perenne”. El informe describe un continente en pleno boom, que debe su flamante crecimiento a una diversidad de sectores (materias primas, pero también servicios financieros, telecomunicaciones, etcétera), y esto sucede al tiempo que las economías industriales envejecidas ven cómo se invierte su crecimiento al hundirse sus sistemas financieros y por el peso, ya insoportable, de sus deudas públicas.

2013 16:29

¿Será que África empieza a funcionar?

Es complicado dejar la respuesta solo en manos de la prensa, interesada en adornar el avance de la economía africana para obtener titulares que vendan, o de las consultoras, cuyos futuros clientes son los inversores seducidos por unas perspectivas súbitamente prometedoras. Por ello, el proyecto Perspectivas económicas de África –puesto en marcha por el Centro de Desarrollo de la OCDE, el Banco Africano de Desarrollo, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y, la Comisión Económica para África y el grupo de países ACP (África-Caribe-Pacífico)– apostaba hace más de 10 años por analizar las estadísticas de los sondeos cualitativos realizados anualmente por las instituciones africanas en todos los países del continente. Su objetivo es llevar a cabo un análisis más contrastado de “la emergencia de África”.

2013 16:47

¿Qué ha cambiado en el siglo XXI? El mundo, y África con él

 

No se puede entender el buen resultado de las economías africanas en la década pasada sin situarlo en el contexto de la profunda transformación que experimenta la economía mundial desde los años noventa. Sin duda, África se transforma, y para bien, pero si muestra unos índices de crecimiento mayores y más estables que en el pasado es también porque a la vez saca partido de la “riqueza cambiante”.

Desde principios de la década de 2000, el PIB real del continente africano crece cada año una media del 5,1 por cien, el doble que en la década anterior y más que en las demás zonas del mundo, en especial Europa, desde la crisis de 2008-09. Más o menos es la media del crecimiento francés durante los “treinta años gloriosos”; esas tres décadas de posguerra (de los años cincuenta a los setenta) en que el país se reintegró con pleno derecho en la economía mundial. Sin embargo, no se trata de un largo y plácido camino. El siguiente gráfico muestra que esta tendencia positiva de medio plazo presenta dos accidentes: en 2009, cuando cae la demanda de los países de la OCDE afectados por la crisis económica y financiera mundial, y en 2011, cuando la “primavera árabe” congela de repente el crecimiento de Túnez, Egipto y Libia. La dependencia respecto a los mercados extranjeros y la fragilidad política y social siguen siendo, pues, riesgos importantes para las economías del continente. Pero en cada ocasión, el crecimiento ha reflotado, y África subsahariana en particular confirma la tendencia a medio plazo: África occidental, por ejemplo, debería ejercer el papel de locomotora del continente en 2013 y 2014, con tasas de crecimiento del PIB del 6,4 y el 7,4 por cien, respectivamente. ¿Por qué este cambio de tendencia? ¿Qué ha cambiado respecto a los años del afro-pesimismo? Para empezar, el número de africanos: el norte de África apenas ha iniciado su transición demográfica, pero África subsahariana sigue conociendo unas tasas de crecimiento demográfico del dos al tres por cien anual de media. Por ello, África es hoy el continente más joven del mundo, con 200 millones de personas entre 15 y 24 años, que se convertirán en 400 millones en 2045. Desde 2010, los africanos son oficialmente más de 1.000 millones: gente por alimentar, por vestir, por alojar, por equipar con teléfonos móviles… La demanda interior fue, pues, uno de los motores principales del crecimiento de los países africanos en 2012.

Por otro lado, las economías africanas, en su conjunto, están mejor y más apaciguadas. Los conflictos violentos disminuyen. Mientras que la década de los noventa estuvo marcada por un genocidio (Ruanda) y terribles guerras civiles (Argelia, Liberia, Sierra Leona, Congo y Sudán) y transfronterizas (hundimiento del Estado en Zaire/República del Congo, que implicó a una decena de países en un conflicto abierto; guerra entre Etiopía y Eritrea), en la década siguiente su número e intensidad disminuyeron notablemente. Es más, la naturaleza de las tensiones civiles es otra: en la década de 2000, las manifestaciones y las huelgas (signos de reivindicaciones expresadas por vías democráticas para una mayor transparencia, equidad y honradez en la gestión de los asuntos públicos) aumentan rápidamente en detrimento de la violencia política. Las elecciones democráticas, libres y transparentes en mayor o menor medida, se convierten en la norma. La extinción gradual de los focos de la guerra fría (Angola, Mozambique) tras la caída de la Unión Soviética explica, en parte, esta evolución.

2013 16:47Además, muchas economías africanas –superado ya el amargo trago del ajuste estructural de las décadas de los ochenta y noventa, cuando el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, tras años de abandono, imponen a los países africanos medidas de austeridad sin precedentes, recortando los gastos en educación y sanidad– se benefician hoy de la anulación parcial o total de las deudas soberanas contraídas con los países occidentales. Se trata de un verdadero balón de oxígeno. La eficacia en la gestión de los asuntos públicos (la “gobernanza económica”, en la jerga de las instituciones internacionales) vive una mejora notable, al menos en el terreno de la macroeconomía: control de la inflación, control de los saldos presupuestarios y acumulación de reservas de divisas por los países exportadores de materias primas. Es lo nunca visto: durante la crisis mundial de 2008-09, más de un país africano de cada tres se encuentra en situación de poner en marcha medidas “contracíclicas”; es decir, contrarrestar mediante el gasto público los efectos más negativos de la contracción de la actividad económica mundial (de la cual continúan dependiendo estos países) en los hogares más pobres. Una nueva generación de emprendedores (a menudo formados en el extranjero, todavía) contribuye a dinamizar la gestión de las empresas y las administraciones.

No obstante, el ascenso sostenido del nivel de la demanda y de los precios mundiales de las materias primas es, innegablemente, el factor esencial en los buenos resultados de las economías africanas: en la década de 2000, con la aceleración del crecimiento de China y, a continuación, de las grandes economías emergentes industrializadas (como Corea del Sur y Turquía) o en vías de industrialización (India, Brasil, este de Asia), sus necesidades energéticas (petróleo, gas), de minerales, de tierra cultivable (y, por tanto, de agua) y de madera, entre otras, explosionan. África posee estos recursos naturales en grandes cantidades y sus reservas son las menos explotadas del planeta.

La oferta responde a la demanda: a lo largo de la década, las exportaciones africanas hacia Europa se multiplican por dos; hacia las economías emergentes, por cuatro; y hacia China sola, por 12. Gracias al comienzo de la explotación de nuevos yacimientos, los países exportadores de petróleo mejor dotados (Angola, Guinea Ecuatorial o Chad) experimentan, durante determinados años, unas tasas de crecimiento del PIB de dos cifras. Las inversiones extranjeras, estimuladas por la disponibilidad de un ahorro mundial abundante en busca de nuevas oportunidades de inversión y beneficio, acuden igualmente a las minas y a la agricultura (biocombustibles, entre otros), pero también a las infraestructuras necesarias para su explotación, como los puertos, las carreteras, la producción de electricidad e incluso los servicios afines (banca, seguros, transportes). Por tanto, los demás sectores de la economía se benefician de cierto efecto de arrastre, a veces según modalidades nuevas: los chinos proponen a varios países africanos (Angola es el ejemplo más emblemático) invertir en infraestructuras públicas, hospitales y hasta en la agricultura a cambio del acceso a las materias primas.

El balance es el siguiente: mientras que en la década de los noventa las economías africanas, además de ser las más pobres, eran también de las menos dinámicas del mundo, en la década de 2000 la mayoría de ellas ven crecer su PIB per cápita al menos el doble de rápido que los países ricos de la OCDE. El fenómeno de la “riqueza cambiante”, por el que el centro de gravedad de la economía mundial se desplaza de Occidente hacia el Este y el Sur, implica, pues, a África, donde la riqueza se acumula más deprisa. El continente aparece progresivamente como un “polo de crecimiento” en una economía mundial átona. Los episodios de recesión que viven los países ricos a partir de 2009 acentúan aún más el desfase entre sus resultados y los de las economías en desarrollo de África y otros lugares.

2013 16:57

El crecimiento está repartido, pero no beneficia a la mayoría

 

“Ustedes dicen cada año que África se está volviendo más rica, pero mis padres viven allí y siguen pasándolo mal. ¿Dónde está ese crecimiento?”. Esta pregunta de una participante en la edición de 2008 de las reuniones públicas que organiza periódicamente el proyecto Perspectivas Económicas de África ilustra bien el debate: si la riqueza se acumula más rápidamente en África, ¿se puede hablar por ello de una aceleración del desarrollo del continente? Para responder, hemos intentado calibrar el impacto del crecimiento en el empleo. En efecto, la mejor forma de transformar la riqueza en un bienestar perdurable es ofrecer a las poblaciones empleos decentes. En cambio, en este campo, el balance de esa década de crecimiento africano resulta decepcionante: la creación de empleo no ha sido significativamente más veloz que durante la década perdida de los noventa, y los jóvenes padecen especialmente el desempleo, el subempleo y la precariedad. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), es cierto que el crecimiento permitió crear 63 millones de empleos entre 2000 y 2007, pero en el mismo periodo eran 96 millones los jóvenes (de 15 a 24 años) que entraban en el mercado de trabajo. Así pues, el crecimiento no es lo bastante fuerte ni está lo bastante diversificado para absorber a los 10 o 12 millones de jóvenes que cada año engrosan las filas de los solicitantes de empleos.

Pero ¿qué sabemos exactamente del empleo en África?

Las cifras oficiales tienen una utilidad relativa: según la definición universal de la OIT, la tasa de desempleo es oficialmente del nueve por cien en Egipto, del 3,8 en Camerún y del 2,8 en Burkina Faso. Si estas cifras subestiman considerablemente la cantidad de personas desempleadas y, sobre todo, sin un trabajo decente, es porque, para contabilizar como parado, hay que estar a) sin empleo; b) disponible para ejercer uno; y c) en busca de uno, todo ello a la vez. De modo que todos los “desanimados” que han renunciado a buscarlo o que ni siquiera lo intentan al dejar la escuela, no cuentan como tales, ya que se les considera excluidos de la población activa. Por ello y paradójicamente, aunque la situación de estos desanimados sea en general peor que la de los parados oficiales (que suelen provenir de entornos relativamente más favorecidos y, sobre todo, pueden contar con ayuda familiar), quedan sistemáticamente fuera de los resultados de las encuestas sobre empleo.

Para verlo con más claridad, Perspectivas económicas de África analizaba, con el instituto de opinión Gallup (Sondeo Mundial), los resultados de encuestas a hogares en 37 países africanos, que permiten saber a qué dedican su jornada los jóvenes de entre 15 y 24 años. Una vez tomados en cuenta los desanimados, el número de jóvenes africanos sin trabajo se duplica en relación a las estadísticas oficiales: de 18 a unos 40 millones. El gráfico distingue entre los países de renta débil (PRD), que son la práctica totalidad de los de África subsahariana, y los de renta intermedia (PRI), que son principalmente los del norte y sur del continente.

En ambas categorías hay más jóvenes desanimados o excluidos de la población activa que jóvenes parados. Segunda observación: solo una minoría de los jóvenes tiene un “buen” empleo. Tener un sueldo en el sector formal (el que más se acerca a un empleo “decente”) es un privilegio que solo disfruta cerca del siete por cien de los jóvenes en los PRD y del 10 en los PRI. Los demás entran en lo que la OIT denomina empleo “vulnerable”, incluido el trabajo no remunerado, como en la agricultura familiar, o el empleo autónomo en el sector informal. Esta categoría, en la inmensa mayoría de los casos, es la solución de último recurso, la de los trabajadores pobres en situación de precariedad.

Por último, mientras que en los países más pobres la mayoría de los jóvenes trabaja, en los países de la franja superior son más numerosos los que carecen de empleo y a la vez están fuera del sistema de escolarización y formación, aunque los que trabajan tienen, en conjunto, empleos de más calidad. En otras palabras, a medida que un país se enriquece, la tasa de empleo de los jóvenes disminuye: son más los que se eternizan en la universidad (a veces esperando en vano un puesto a la altura de sus expectativas, en especial en el servicio público) o los inactivos sin más.

Las causas de esta situación son de dos órdenes. En primer lugar, los sistemas de escolarización y formación no producen las competencias y las aptitudes que necesitan las empresas en África, o que permitirían a los jóvenes desarrollar su propio negocio de un modo viable. En Egipto, por ejemplo, 1,5 millones de jóvenes está sin trabajo cuando, al mismo tiempo, las empresas del sector privado no consiguen cubrir 600.000 puestos vacantes. En Suráfrica, tres millones de jóvenes que han dejado la escuela y carecen de empleo y 600.000 licenciados están en busca de trabajo, cuando hay 800.000 puestos vacantes para los que las empresas no encuentran los perfiles adecuados.

No obstante, son sobre todo los obstáculos al desarrollo del sector privado local el freno a la demanda de trabajo. Así, los agentes económicos denuncian sistemáticamente el elevado coste y la calidad mediocre de la energía y las infraestructuras, la dificultad para acceder al crédito y a los mercados, así como la corrupción, ya que representan obstáculos para su crecimiento y competitividad. Los avances indicados más arriba son reales, pero demasiado lentos todavía para modificar la situación de un modo fundamental. Por ejemplo, para paliar las disfunciones de la red eléctrica que persisten en numerosos países, las empresas continúan produciendo su propia electricidad con ayuda de generadores que funcionan con gasolina.

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África no vive (aún) un despegue económico

Así pues, el conjunto de África ha mejorado, pero el cambio se hace esperar para la mayoría. El problema se debe a la vez al ritmo y a la estructura del crecimiento. Primero, el ritmo: los episodios de despegue económico precisan unos niveles de crecimiento elevados y al mismo tiempo estables durante un periodo prolongado. Ahora bien, el aproximadamente cinco por cien de media que han crecido las economías africanas a lo largo de una década, teniendo en cuenta que partían de muy abajo, sigue estando muy lejos de los 30 años de crecimiento al 10 por cien que acaba de experimentar China. Se trata, además, de un crecimiento frágil: los índices de ahorro se mantienen muy inferiores a los de las economías de Asia en el momento de su despegue, y las economías africanas todavía dependen mucho de los flujos financieros exteriores. Dicho de otro modo, cabe celebrar el mejor funcionamiento de las economías africanas, pero haríamos mal en contentarnos con ello.

Para despegar, África necesita transformar además la estructura de sus economías. Para crear más empleo, debe producirse una transformación estructural: es decir, la reasignación de los recursos económicos de las actividades menos productivas (como la agricultura familiar o el pequeño comercio informal) a las más productivas (como la industria manufacturera).

Esto supone dos fenómenos: por un lado, el impulso de las nuevas actividades más productivas; por otro, el desplazamiento de los recursos y de la mano de obra de las actividades tradicionales a las nuevas, algo que acarrearía un aumento de la productividad global y, con él, la mejora de los salarios y la calidad de los empleos. En términos más técnicos, la aparición de las nuevas actividades se considera la parte “intrasectorial” del aumento de la productividad; la migración de los trabajadores hacia las nuevas actividades es la parte “estructural”. La transformación estructural tiene lugar cuando ambos fenómenos se producen simultáneamente. Sin embargo, los progresos africanos todavía son modestos en esta materia (como se aprecia en el gráfico anterior). El crecimiento de la productividad fue más lento que en otras zonas del mundo en las últimas décadas del siglo XX, y hasta negativo en los años de ajuste estructural. Fue a partir de 2000 cuando la mano de obra empezó a desplazarse de nuevo en la “buena” dirección, ya que aumentó en los sectores más productivos. En este terreno, África hoy se puede comparar sin duda con Latinoamérica, que sigue experimentando movimientos claros de la mano de obra hacia las actividades menos productivas, pero la distancia respecto a Asia va en aumento.

¿Cuándo despegará África?

El análisis económico confirma que las condiciones para un despegue económico son mucho más favorables hoy que a lo largo de las décadas anteriores pero, salvo algunas excepciones, como Mauricio, la transformación de las economías del continente no se ha puesto necesariamente en marcha. Las condiciones para un despegue se van reuniendo poco a poco, pero ¿cuándo lo estarán, en qué país y en qué momento aprovecharán las sociedades esas oportunidades para llevar a cabo la profunda mutación de las instituciones sociales y políticas que implica? ¿Asistimos actualmente, en los países con sistemas de gobierno centralizados y autoritarios, como Ruanda o Etiopía, al advenimiento de unos Estados “desarrollistas” africanos? ¿Pueden surgir otros modelos más descentralizados?

Aún es pronto para afirmarlo con certeza. Además, es probable que la ciencia económica por sí sola no sea capaz de responder. Del mismo modo que no pudo prever la aceleración de la transformación sistémica de la economía francesa después de la Segunda Guerra mundial, de la China posterior a Mao o de Corea del Sur tras la ocupación japonesa, tampoco puede prever cuándo las sociedades africanas y sus élites acabarán de crear entre ellas, a su vez, un consenso firme y duradero sobre el desarrollo económico como fin. El ingeniero agrícola Dumont y los politólogos Chabal y Daloz basaron sus trabajos en los difíciles comienzos de las naciones africanas independientes con ayuda de conceptos extraídos de un amplio abanico de ciencias sociales. No necesitaremos menos para escribir la historia de su despegue”.

Ver informe African Economic Outlook 2013

Guía rápida para seguirlo

En edición de bolsillo

Nota: Todas las fotografías tomadas en Mozambique, de Lola Huete Machado.

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Acerca de Pablo Bretos

Responsable de Centros de Servicios Sociales de Ayuntamiento de Pamplona. Profesor Asociado de la Universidad Pública de Navarra, Departamento de Trabajo Social. Suficiencia Investigadora. Entrenador de Baloncesto
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